El mes pasado, una vez publicamos el blog que correspondía a Marzo, ya tenía en mi mente el que escribiría para Abril.
En él pensaba dar la bienvenida a nuestros futuros Clientes, ya que la fecha de apertura de Rioja Valley Apartamentos estaba prevista para el tres de Abril, informarles de las muchas actividades que se desarrollan en Semana Santa por nuestra zona y facilitarles una receta familiar de un postre típico en esta época en La Rioja.

Pero como decían mis abuelas (ya os dije que es un tesoro cultural la cantidad de refranes que me transmitieron): “El hombre propone y Dios dispone”.

A principios de Marzo, concretamente entre el seis y el ocho, tuve la fortuna de vivir una experiencia maravillosa: Después de treinta y tres años de haber cursado dos cursos en un colegio en Córdoba pude reunirme con mis compañeras de nuevo. El motivo era la celebración de los cincuenta años del Colegio (nosotras formábamos la promoción número trece).
Nos juntamos cerca de trescientas mujeres de diferentes edades de toda España que, a lo largo de esos cincuenta años, habíamos elegido junto con nuestras familias esa forma de educación.

Tenía dieciocho años cuando cruce cientos de kilómetros para irme a un colegio interna. En esa época era como ir de Erasmus a cualquier país de Europa. Mi carácter se corresponde a una persona decidida y con ideas propias muy firmes hasta en las cuestiones más sencillas. Así que cuando desde mi anterior colegio me ofrecieron esta posibilidad, lo comente a mi familia y, como siempre, me apoyaron.
En mi mente adolescente veía la posibilidad de conocer otras personas, lugares y situaciones que resultaba del todo atrayente para alguien que no había viajado mucho.

Los viajes los realizaba en tren, para mí el mejor medio de transporte, y cómo imaginareis empleaba en ello bastantes horas. En mi memoria están cada uno de ellos, pero recuerdo especialmente el primero: apuré todo lo que pude ese verano y, pese a que el curso había comenzado el día diecisiete de septiembre, yo inicié mi viaje una semana después. El motivo del retraso fueron las fiestas de San Mateo (cuyo primer fin de semana no quería perderme) y después de pedir permiso al colegio, accedieron por ser la primera una semana de adaptación de las alumnas, sin dar temario.

El día veinticuatro a las tres de la tarde debía tomar el tren desde Logroño, así que dedique la mañana a despedirme de las personas queridas que iba a dejar de ver durante tres meses, hasta la vuelta en Navidad.

Comencé por mi mejor amiga, Rosana. Sabía que iba a ser difícil, nunca en nuestros dieciocho años nos habíamos separado, por lo que quise enfrentarlo cuanto antes. Dedicamos a ello una hora y entre lágrimas le dije adiós a ella y a su familia.

Continué mi recorrido despidiéndome de las vecinas que me habían visto crecer y pude comprobar que el afecto y respeto que yo les tenía era correspondido con cariño, demostrándolo con abrazos, besos y deseos de que me fuera bien.

Y, por último, pasé el trago más difícil: despedirme de mi familia.
Mis abuelos, los cuatro con el dolor de despedir a su nieta mayor que para ellos, que apenas habían viajado, se iba al otro lado de España. ¡¡¡ Cuantos consejos de mis abuelos para cualquier eventualidad que según su conocimiento de la vida podría ocurrirme!!!! Y entre uno y otro, mil besos seguidos y apretados en cada moflete de mis abuelas asintiendo.
No encontraba el momento definitivo de decir adiós por no verles tan tristes así que, casi corriendo y diciendo que aún tenia cosas que hacer, los deje llorando sabiendo que estaban convencidos de que ya no volverían a verme, pensando que serian ellos los que harían un viaje más largo.

Toco el turno de mis hermanos y mi madre. Mi hermana con once y mi hermano con ocho años. Al ser varios años mayor siempre fui un poco su niñera, entre ellos jugaban y peleaban, pero yo les ayudaba con sus deberes, los llevaba a la compra conmigo o a la piscina en verano.
Yo creo que ellos en ese momento no se daban cuenta de lo que significaba mi marcha para los adultos de la familia, sabían que era un momento triste aunque veían mi ilusión por el viaje.

¡¡¡Y mi madre!!! Mi referente en la vida y a la que siempre he admirado por sus silenciosas virtudes. Mil recomendaciones y advertencias y cien veces : “si no estas a gusto, para casa”.

Por último me despedí de mi padre, que hasta que no me dejó sentada en el asiento del vagón con una compañera de Cihuri, Natalia, con la que hice el viaje, y con el tren a punto de dar la salida, no se hizo a la idea de que me iba. No era dado a demostrar sus sentimientos, ahora con la edad algo más, pero se que mi marcha le dolió.

Empleamos en el trayecto a Madrid siete horas, cambiamos en la misma estación de vía y tomamos un nuevo tren para Córdoba, a la que llegaríamos sobre las seis de la mañana. En total quince horas para poco más de setecientos kilómetros y en unos trenes que nada tienen que ver con los cómodos y rápidos de ahora. Una vez llegamos a nuestro destino aun teníamos otros treinta minutos hasta el colegio, hicimos el trayecto en cercanías y, por fin, sobre las once de la mañana llegamos a Yucatal ( sus jardines estaban repletos de esos árboles, yucas). Un colegio que antes fue convento, luego se le añadió la vivienda de un ingeniero de minas inglés con un precioso invernadero, campos de naranjos y una granja. Verdaderamente precioso y con un olor permanente a azahar.

Nos recibieron a la hora de comer e hicimos las presentaciones en la sobremesa. Allí conocimos a nuestras futuras compañeras y profesoras con las que para la hora de cenar ya parecía que nos conocíamos de más tiempo.

A la mañana siguiente escribí mi primera carta para mi familia y, mientras lo hacía, se me caían lagrimones tan grandes que quedaron marcados en el papel. Hasta el sábado no pude hablar por teléfono con mi casa y para entonces mi ánimo ya estaba más sosegado con el compañerismo y alegría de esas chicas, qué como yo, habían acudido de toda España con sus ilusiones y miedos.

Fueron dos años muy bien empleados: académicamente me preparé para comenzar la carrera de Perito Agrónomo (que comencé y no acabé) pero humanamente me enriquecí con la experiencia de convivir con personas tan diferentes y tan parecidas a la vez.
Cada una con sus costumbres, su forma de hablar, sus creencias… pero todas con unos valores que nos permitieron respetar y aprender del resto y hacer posible que treinta años después fuera como si nos hubiéramos visto el día anterior.

Ahora, con la perspectiva que da el tiempo, creo que fue un regalo todo lo que recibí por el esfuerzo de abandonar mi hogar.

Este primer fin de semana de marzo volvió a repetirse esa sensación: dormimos en nuestras antiguas habitaciones, paseamos por las aulas y las bibliotecas, tuvimos una divertida charla con algunas de nuestras profesoras y visitamos el pueblo de Posadas, donde está ubicado el colegio, y sobre todo fueron casi tres días de abrazos, besos y recuerdos, muchos y buenos recuerdos.

Pero lo que guardo en mi memoria y sobre todo en mi corazón fue el regreso a mi casa para Navidad, el abrazo de mi padre en la estación y sus mil preguntas hasta llegar a casa, los besos y las exclamaciones de alegría de mi madre y hermanos, los llantos y abrazos de mis abuelos, el reencuentro con mis amigos y los saludos de mis vecinos. Ahí fui consciente de que tenía un tesoro: familia y amigos que me querían tanto como yo a ellos y si yo los había añorado también ellos a mi.

Llegué a La Rioja el día ocho de marzo y un poco después se decretó el confinamiento y vinieron tiempos de tristeza.
En estos días, en que vivimos una situación nueva y desconcertante, he recordado mucho ambos viajes. Y como entonces, aún con el miedo a lo desconocido y a que los proyectos que habíamos soñado no discurran como habíamos previsto, la distancia con las personas queridas, el largo y difícil camino hasta conseguir llegar al destino y el descubrimiento de valores propios y de otros que desconocíamos, a medida que el tiempo transcurra nos envolverá el olor a azahar, sonreiremos cuando la memoria nos traiga situaciones o personas que nos han acompañado y comprobaremos que somos capaces de lograr nuestras metas pese a las adversidades y que poseemos el mejor tesoro : familia y amigos que nos acompañen en nuestro caminar.

Y sentiremos la sensación de que volvemos al día anterior, aún conscientes de la tragedia, para abrazarnos, besarnos y recordar y celebrar la vida.
Yo así lo haré y os estaré esperando para brindar con un buen vino de Rioja en Cenicero.

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